EL PROGRESO DEL PEREGRINO

EL PROGRESO DEL PEREGRINO

John Bunyan, nació en 1628 en Elstow, una pequeña aldea al noreste de Londres. Pertenecía a una iglesia Bautista de al menos 60 miembros, a los cuales se les llamó independientes ya que no eran controlados por la Iglesia Anglicana; la única iglesia autorizada en la Inglaterra de entonces. Los Bautistas se fortalecían bajo la política tolerante de Oliver Cromwell, pero a la llegada de Carlos II al poder, se diseñaron leyes con el objetivo de exterminar todas las denominaciones existentes a excepción de la ya autorizada por el Gobierno inglés. Ya la situación era delicada, pero la vida del predicador se complicaría aun más tras la muerte de su esposa, pues tenían cuatro hijos y uno de ellos había nacido ciego.

Bunyan fue encarcelado por 12 años, (de los 32 a los 44), pero antes, y consciente de que esto podría suceder, había pedido a una cristiana piadosa llamada Elizabeth, que se uniera con él en matrimonio y así cuidara de sus pequeños.

Pasados algunos años, Elizabeth y John terminaron intensamente enamorados, y fue en medio de su último encarcelamiento donde escribió su obra más influyente y conocida: El progreso del Peregrino. La preocupación, la angustia, el amor por su familia y sus más desesperadas luchas por permanecer fiel al Señor en medio de tanta pobreza y persecuciones ha llegado a nosotros a través de su otro libro titulado: Gracia abundante, Bunyan escribió:  

«El separarme de mi esposa y mis pobres hijos ha sido como arrancarme la carne de los huesos, no sólo por todo lo que esto significa para mí, sino también por las muchas vicisitudes y miserias y necesidades que es probable que haya significado para ellos; especialmente para mi hijito ciego, que estaba más cerca de mi corazón que los otros. ¡Oh, cómo me han partido el corazón los pensamientos que han cruzado por mi mente sobre las penalidades que mi hijo habrá sufrido! 

Pobre niño, pensé. Qué penas aflicciones van a ser tu porción en este mundo. Probablemente te van a maltratar, tendrás que pedir limosna y pasar hambre, frío, desnudez y mil otras calamidades, a pesar de que no pueda resistir la idea de que ni el viento te den en la cara. Pero debo dejarlo todo en las manos de Dios, aunque me mata el tener que dejarte […]

Hay tres cosas que me han ayudado de modo especial durante este período. La primera fue la consideración de estos pasajes de la Escritura: «Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán las viudas» y también: «Dice Jehová: Ciertamente te pondré en libertad para bien; de cierto haré que el enemigo suplique ante ti en el tiempo de la aflicción y en la época de la angustia» (Jeremías 49:11; 15:11). La segunda cosa fue que debía arriesgarlo todo en las manos de Dios; entonces podía contar con Dios para que se hiciera cargo de todos mis problemas. Pero si yo abandonaba a Dios por miedo de alguna amenaza que pudiera realizarse contra mí, entonces yo desertaría mi fe. En este caso, aquellas cosas por las que me preocupaba probablemente no estarían tan seguras bajo mi propio cuidado habiendo negado a Dios, de lo que lo estarían dejadas a los pies de Dios, manteniéndome yo firme a su lado».